miércoles, 1 de agosto de 2012

Pachamama: Las comunidades andinas reviven hoy el ancestral culto a la Madre Tierra


Con extrema seriedad y misterio un vendedor de sahumerios le explica a un turista qué es lo que debe hacer el 1º de agosto, cuando éste le consultó acerca de la Pachamama. “Tenés que preparar la mejor comida, el mejor vino, y encontrar la persona que sepa rezarle y agradecerle a la Tierra. Cavás un pozo y depositás ahí las ofrendas. Lo importante es que tengás fe ciega en la Pachamama; si no, no funciona y ella no te considerará y te castigará”. Tanta convicción generaron sus palabras que comprender la importancia que tiene la Madre Tierra en la región del Noroeste Argentino no es muy difícil.

La Pachamama es la diosa máxima para las comunidades andinas. Es el nombre de la Tierra, es la que produce, la que bendice, la que engendra. Representa a la Tierra en su conjunto. Es concebida como la madre que nutre, protege y sustenta a los seres humanos. Las comunidades originarias le rinden homenaje para reparar el daño que el hombre le hace a la tierra, al tiempo de agradecerle por los alimentos que les ofrece.

Sí hay días importantes para los ritos culturales, hoy, 1§ de agosto, es uno de ellos. Y, sin dudas, el más trascendente para las comunidades de San Antonio de los Cobres y Tolar Grande, entre otras.
Los ritos sagrados que forman parte de la cultura, de las costumbres y que más allá de los milenios se siguen practicando, comienzan a renacer con fuerza para imprimirle un sello que combina vigencia y tradición. La alegría tiñe a estos pueblos porque tienen que agradecerle por la cosecha y pedir nuevos augurios a su tierra.

“Vida, salud, amor y prosperidad para todos los salteños es lo que le pediremos a la Madre Tierra esta vuelta. A ella le debemos todo lo que tenemos y lo que somos”, sostuvo, con un convencimiento firme, este hombre peruano que reside en Salta, y que se dedica a oficiar esta celebración. “Todo es para ella, porque se entrega completamente a nosotros. Nos da el alimento, la familia y la prosperidad”, explicó.

Alrededor de este acontecimiento hay una decena de rituales del mundo de la superstición que resurgen para conmemorar la fecha, pero que se aplican más en las ciudades que en los propios pueblos y que llegaron al siglo XXI un tanto deformadas.

En las ciudades del noroeste, especialmente, el ritual de la Pachamama se vive de una manera distinta, no con la misma devoción que las comunidades andinas. “Hay que diferenciar la celebración que realizan las comunidades étnicas de la que se hace en las sociedad urbana. Los integrantes de las ciudades incorporan estos rituales, pero más para un beneficio individual. Por ejemplo, le piden a la Pachamama que les resuelva distintos tipos de problemas personales, como salud y amor, entre otros”, explicó, en diálogo con El Tribuno, el doctor en sociología Alberto Noé. Añadió que, “en cambio, las comunidades andinas la encaran de otra manera, es un agradecimiento a la tierra en cuanto tal, a la provisión que ésta les brinda”.

Rituales urbanos

“¿Tú no utilizas sahumerios para sacar las energías negativas de tu casa?”, preguntó un chamán, con asombro, y continuó: “Todos los primeros de agosto es importante sahumar la vivienda que habitas; de otro modo las malas ondas pueden perpetuarse allí. Uno muchas veces no sabe quién es el que llevó las ondas negativas a su casa y con el sahumerio es la mejor manera de sacarlo”. Para ello, explicó, “lo primero que hacemos es juntar basura de los rincones de las casas, toda la suciedad que haya, y la colocamos en una pala (también se puede comprar un bolsita de yuyos y diferentes hierbas). Luego hay que encenderla y recorrer la casa con la pala. Debes andar por todos los lugares. El humo tiene que llegar a todos los rincones para sacar las energías negativas”.

Otro ritual que se practica hoy es la cura del mal de ojo, es decir, la envidia. “Es lo que más pide la gente. La envidia da vueltas sobre uno de manera constante, son energías negativas que afectan la vida diaria. Lo importante es detectarla y empezar a reconocer cuáles son los síntomas. Hay que sacarla porque si no te perjudica”, aclaró el chamán de origen peruano. Y siguió: “La mejor manera de eliminarla es utilizar el ritual en el que necesitás un plato sopero lleno de agua, una tijera ubicada en el fondo del plato, bajo el agua. Tienes que mojar el dedo anular del afectado con aceite y dejar que las gotas se derramen encima de donde está la tijera. No puedes hacerlo solo, necesitas que un profesional acompañe el proceso. Si las gotas se disgregan en muchos puntos, estás ojeado, de lo contrario nadie te envidia”, concluyó el peruano.

Un culto preincaico, aún vigente
 
En el mundo andino la Pachamama es concebida como la madre que nutre, protege y sustenta a los seres humanos. El origen del culto a la Madre Tierra es preincaico. Los pueblos andinos realizaban desde tiempos ancestrales ofrendas en honor a la Tierra. Sacrificaban camélidos y ofrecían alimentos y hojas de coca. Las ceremonias estaban a cargo de personas ancianas o de mayor autoridad moral dentro de cada comunidad.
 
“Los rituales siguen intactos en las comunidades andinas. Con mucha fuerza y devoción se remontan a ofrendar la tierra, su protectora”, explicó el sociólogo Alberto Noé.
Actualmente los rituales se mantienen vivos en las áreas andinas de Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Chile y Argentina.
 
Las comunidades originarias le rinden homenaje para reparar el daño cada vez mayor que el hombre ejerce en la tierra, al tiempo de agradecer los alimentos que ofrece para su sustento.
Se trata de una de las mayores expresiones del sincretismo religioso.
 
Con la conquista española y el proceso de extirpación de idolatrías iniciado durante la colonización, la Pachamama comenzó a ser invocada, entonces, a través de la Virgen María.
 
Este sincretismo puede observarse también en el rito de sahumar las viviendas. Si bien hoy la creencia popular sostiene que es para alejar la energía negativa, en realidad era para matar virus y bacterias que provocaban muchas muertes en agosto.
 
La chayada
 
Para rendirle culto a la Pachamama y devolverle algo de lo que ella ofrece, las comunidades realizan el acto que se conoce como “la chaya”, que consiste en cavar un pozo de hasta un metro, y con rezos y cánticos en su alrededor comienzan a depositarle alimentos que cosechan gracias a la Madre Tierra, y comidas elaboradas a base de estos. Papas, habas, quinoa, carbonada, empanadas, hojas de coca, vino, cigarrillos y maíz forman parte de la ofrenda. La promesa es cuidar desde la tierra y la cosecha hasta los animales de la zona. Es el reflejo de una relación directa entre el hombre con su fuente de vida: la tierra. Existe aún la costumbre de derramar un poco de bebida en la tierra, antes de que el hombre tome, como agradecimiento a la Pacha.
 
Otras tradiciones para la fecha
 
En agosto es común el uso del yoki, una pulsera ceremonial de dos colores tejida de lana de vicuña, llama u oveja. En la creencia andina se la usa en la mano izquierda para obrar bien y en el tobillo derecho para caminar por el buen sendero. Ayuda a que la persona rectifique su vida y encuentre el equilibrio.
 
“Por otra parte, en el mundo andino la tierra no se trabaja en agosto, mes en el que los agricultores se dedican a observar la naturaleza para determinar cómo será el clima a futuro y de acuerdo a ello elegir qué semillas plantar”, señaló Katia Gibaja.
 
Feriado provincial

La ley provincial 7309, promulgada en 2004, declara el 1 de agosto Día Provincial de la Pachamama, como manifestación que integra la cultura tradicional oral y popular de Salta.
La norma plantea la posibilidad de incorporar en el calendario escolar salteño actividades relacionadas con la fiesta y homenaje a la Madre Tierra. “Queremos que se concientice sobre la importancia de nuestra tierra y su cuidado. Además, es el único día que tenemos los pueblos originarios para celebrar nuestra cultura, símbolo de nuestra identidad, nuestro pasado y presente”, señaló Leopoldo Salva, intendente de San Antonio de los Cobres.

AGENDA DE FESTEJOS

Las ofrendas se realizarán hoy en Campo Quijano, Coronel Moldes, Iruya, Cafayate, Animaná, Angastaco y San Carlos, entre otros.
En Salta los homenajes serán a las 10 en el teleférico y a las 14 en el Mercado Artesanal. En Nazareno, en Poscaya, será desde las 13, en tanto que en Cerrillos el convite se realizará en la plaza central desde las 11.
En Tolar Grande la cita es en el canchón municipal, a las 12.
En La Caldera la jornada comenzará a las 7, en la cancha de paleta local, y se servirá té de ruda. A las 9, el bagualero Severo Báez ofrendará comidas criollas, vino, chicha, charqui, cigarrillos y hojas de coca. Al finalizar el ritual se realizará un espectáculo folclórico.
El 4 de agosto Animaná se sumará a las ofrendas, en el paraje San Antonio, mientras que Payogasta lo hará el 11 de agosto con una gran celebración en la Escuela Agrotécnica local.
Por su parte, el cierre simbólico del mes se realizará en Tolar Grande el 31. Ese día, a las 14.30, se convidará té de limpieza a los presentes en Refugio. Luego se ascenderá al cerro Sagrado y a las 16 comenzará la apertura del pozo. Se extraerán las ofrendas que quedaron y se las convidará a los presentes. Se realizará entonces una nueva ofrenda y el pozo se cerrará a las 22. Luego, en el salón municipal, se brindará una cena y un espectáculo de música.

Fuente: El Tribuno

martes, 31 de julio de 2012

Silencio en La Puna: se fue Héctor Tizón


Sólo hay que nombrar a Héctor Tizón para pensar en la aridez y en la soledad de la Puna. Entre cerros y quebradas transcurren casi todos sus libros. El paisaje y las historias, en la obra de Tizón, son la misma cosa. Haberse convertido en un símbolo tan potente de una región ancestral es el mayor logro de su literatura, mucho más prestigioso que los numerosos premios y honores que amasó en Argentina y en el exterior. No son muchos los que puedan jactarse de plasmar tantos kilómetros de extensión, la idiosincracia que se aloja en ellos y, a la vez, personajes universales.

Nació en Rosario de la Frontera, Salta, pero se crió en la yunga verde de Yala, adonde su padre había llegado para dirigir la estación ferroviaria. Durante décadas fue el único lugar donde podía escribir, donde aprendió a hacerlo. Se murió ayer por la mañana, internado por una afección cardíaca en un sanatorio de San Salvador de Jujuy, a 12 kilómetros del pueblo al que llamaba “el centro del universo”. Lo velaron en la legislatura provincial y hoy lo entierran, por supuesto, en el cementerio de Yala. Tenía 82 años.

Paradójicamente publicó su primer libro A un costado de los rieles en 1960 cuando vivía en México y se ganaba la vida como agregado cultural. Otros relatos habían aparecido en diarios de Salta, el primer destino por el que dejó su pago. Le seguirían La Plata, donde se graduó como abogado, México, Italia –como cónsul– y España, durante el exilio al que lo obligó la última dictadura militar. Muchos años más tarde sería ministro de la Suprema Corte de Jujuy.

En 1969 apareció la primera de sus novelas. En Fuego en Casabindo Tizón relata la derrota de los coyas, pobladores originarios de su Puna. El libro se convirtió en un éxito y la desolación y melancolía del paisaje y su potencia mesiánica ya no se irían más de su obra.

Tres años después el autor escribe en su diario: “Hoy me he levantado a las 5 de la madrugada: comencé a releer la última novela que se titula Cantar del profeta y el bandido. Cincuenta páginas de un tirón”. Para su segundo libro, Tizón ya escribía con disciplina, por las mañanas, en el jardín, y casi siempre los fines de semana, porque el resto de la semana lo ocupaban sus tareas profesionales como abogado, juez de paz o, después, como convencional Constituyente por la Unión Cívica Radical. Pero nunca dejó de escribir, ni de tomarse el tiempo que consideraba necesario. A María Esther Vázquez le confió : “Escribir debe ser una función armónica. Es lo mismo que hacer el amor de prisa, una barbaridad”.

En 1976, a los 48 años, Tizón abandonó la dirección del diario “Proclama” y se refugió en España. Semanas después de establecerse en Madrid escribió: “El regreso no existe. Es la verdad que duele y entristece, como todo naufragio”.

El exilio forzoso cambió para siempre su escritura. El desarraigo se convirtió en obsesión, aunque nunca dejó de narrar la Puna. De la imposibilidad de regresar y de crear en tierras extrañas tratan varios cuentos y su novela La casa y el viento, escrita en España.

A su regreso insistió con novelas, cuentos e incursionó en el ensayo. En los últimos años publicó sus memorias y este mes acaba de editarse sus relatos de Memorial de la Puna. En ambos hay un tono de despedida. En el primero Tizón revela para quién escribía: “Escribo para los muertos, para los que vivieron en aquellos años por los cuales sentimos nostalgia”. Ahora, sabemos: escribía para sí mismo.

Fuente: Revista Ñ.

lunes, 9 de enero de 2012

Chicha: afiches coloridos, ¿y cuánto de esnobismo y cuánto de condescendencia cultural?


Ahora intento entender mis propios trayectos culturales y no llego a un acuerdo respecto a los determinantes. ¿Esnobismo? ¿Esnobismo por evitar el esnobismo? ¿Gusto por el kitsch, lo cursi, lo camp? ¿Pose lumpen? ¿Desactivación política y clasista? ¿Etnocentrismo? ¿Mero coleccionismo etnográfico? ¿Nuevas formas de lo cool? ¿Retro étnico? ¿Reelaboraciones doctas del buen salvajismo de la industria cultural?

En cualquier caso, sé que no se trata de una relación directa, de primera mano; está mediada, atravesada por estos determinantes que se resisten a ser examinados bajo el microscopio. Son culturas —permítanme que lo diga de este modo— anuladas, autorizadas a través de la revocación de significados desautorizados, culturas fuertemente descontextualizadas o recontextualizadas.

Habrán visto esos afiches coloridos que anuncian los conciertos de las bandas de cumbia. En Argentina se relacionan con las bailantas y su prestigio social es menos que cero; en otros países de Latinoamericana los ámbitos de entretenimiento llevan otros nombres y otras marcas socializantes, pero la música muchas veces es la misma y, si no lo es, se parece bastante. El prestigio social suele estar también en cero, a veces un poco más arriba, a veces un poco más abajo.

Afiches chicha, se llaman, los llaman, y ahora también se conocen con la designación mucho más chic de “chicha design”. Las reglas: “Los carteles se diseñan a mano, a tamaño real, sobre un papel de estraza blanco normal. Siempre a tamaño real, este dibujo es el que nos servirá, una vez recortado, como plantilla para nuestra serigrafía. No se usan emulsiones ni procesos fotográficos. Es el mismo papel el que bloquea la malla de la pantalla, y una vez terminada la edición no queda nada del diseño original, siendo imposible repetir ese cartel de la misma manera”.

El estilo se amuró en la década de 1980, quizás antes, quizás no, durante el apogeo de la chicha peruana. Ya en el siglo XXI fueron “descubiertos”, “puestos en valor”, “recuperados”, y los antaño letreros orilleros se volvieron parte de centros culturales, museos, retrospectivas, talleres artesanales; se los encuentra en galerías de arte, como ornamentación de locales gastronómicos para buscadores de exotismo cómodo y costoso, en proyectos de redención patrimonial estatal, anunciando actuaciones de grupos de música pop cuyos integrantes y cuyos espectadores sólo hablarían de cumbia para unirla a la palabra “mierda”.

Estos deslices de sentido se asumen con toda naturalidad, como si de repente muchas personas descubrieran al mismo tiempo que hacer determinada cosa o reconocerse a través de ciertos artefactos —antaño relegados, depreciados, estigmatizados, desacreditados— es cool, está bien visto, es socialmente aceptado y estéticamente legítimo. “Chicha design” suena mucho mejor que “afiches de bailantas”, y de allí a la desactivación política y a la caricaturización de complejas tensiones sociales, en nombre de la estética o de lo que quieran, hay un paso pequeño.

Tan pequeño que, a veces, ni bajo el microscopio somos capaces de verlo.

Marcelo Pisarro, Nerds All Star, 25/1/12

viernes, 25 de marzo de 2011

Pasado sorpresivo: como espías del lenguaje


Permanezco una parte del año en Bolivia y siempre prometo no regresar a Buenos Aires con una pesada valija repleta de libros. Indefectiblemente incumplo mi palabra. A veces son libros recién editados (casi siempre de antropología, historia, arte, arquitectura), a veces son viejas ediciones encontradas en kioscos de viejos, a veces son ejemplares destinados a convertirse en involuntarios obsequios. Existen muchos adagios respecto a viajar ligero, pero no soy un viajero ligero. Vuelvo con el doble de lo que llevé y, de ese doble, la mitad, o tres cuartos, son libracos. En ocasiones me siento el Ekeko, sólo que sin fortuna, nada más que con libros y muchas otras tonterías.

Es apenas una casualidad, pero los dos volúmenes que están más a la vista de la pila de libros que serán apretujados en la valija ―que ni siquiera es valija, sino bolso militar, de esos marineros grandotes, uno para la ropa y efectos personales, otro para libros y demás basuras y escombros de la industria cultural― tratan en las primeras páginas el tema del lenguaje andino. Y al mencionar, uno de ellos, el “pasado sorpresivo”, no dejo de recordar mi propia fascinación por la novedad. Sólo en este lugar ―pensé entonces y pienso ahora― puede existir un “pasado sorpresivo”.

Pasado perfecto, pasado imperfecto, pasado sorpresivo… Es fascinante.

En el primer tomo de Introducción al mundo Callawaya. Curación ritual para vencer penas y tristezas, publicado en alemán en 1986 y en español unos pocos años después, Ina Rösing recuerda las dificultades de traducir del quechua (una familia de lenguas, originarias de los Andes, habladas por unas diez millones de personas). El quechua es una lengua aglutinante y eso quiere decir que formas morfológicas y sintácticas complejas (plurales, conjugación, transitividad del verbo, objetos pronominales, etc.), y también sutiles matices semánticos, se expresan por medio de sufijos, que se agregan a una raíz verbal inalterable.

Por ejemplo, con la raíz verbal jaywa, podría decirse jaywa-y, “alcanzar, dirigirse a”; jaywa-mu-y, “venir a alcanzar algo”; jaywa-ika-ri-y, “alcanzar a varios”; jaywa-raya-y, “quedar mucho tiempo con el brazo extendido”; jaywa-rqo-y, “extender la mano bruscamente hacia afuera”; y así sucesivamente.

Además, el quechua de la región callawaya está marcado por ciertas formas idiomáticas que lo vuelven muy específico, está sembrado de castellanismos y aymarismos, de giros particulares.

“Ante estas variantes del quechua callawaya ―escribió Rösing― mi posición es fundamentalmente documental: conservo las variantes de la locución local tal cual las he recogido en las cintas de grabación; no añado nada, ni introduzco ninguna otra variante, no intento una versión literaria y tampoco excluyo los castellanismos y aymarismos recogidos. El quechua de los callawayas debe quedar tal como es”.

Este es un problema típico de transcripción, de cómo convertir el registro oral en registro escrito, y luego, cómo hacer la traducción de una lengua a otra. Aunque desde otra perspectiva y con otros propósitos ―más literarios, si se quiere, y en cierto modo más optimistas respecto a la transcripción lingüística y cultural―, el problema reaparece en el libro que de casualidad descansa debajo del de Rösing: La hoyada y los perros, un volumen de relatos del español Antoine Rodríguez publicado en 2005.

El principio de los relatos de La hoyada y los perros es un tópico manido, transitado hasta el hartazgo, y Rodríguez lo recuerda volviendo al naturista francés del siglo XIX Alcide D’Orbigny: Bolivia cautiva la atención del viajero, y uno debe abrir los ojos bien grandes, porque lo principal para viajar, y para narrar, es la mirada. Aquí se convoca, no a D’Orbigny, sino a Gabriel García Márquez, cuando decía que somos en gran medida lo que miramos, y cómo lo miramos, para contarlo.
El conjunto de relatos que presenta el libro podría, de repente, emparentarse con la corriente de contranarrativas que tensionan las costuras del Estado Boliviano [Nota de Pisarro: por lo que valga, al menos como marca periodizadora, hoy ya no existe el Estado Boliviano, sino el Estado Plurinacional de Bolivia]. Narrativas que combaten la visión de una Bolivia oficial, monocultural, inspirada en el discurso de los políticos q’aras. De lejos, los pueblos de los Andes han practicado el bilingüismo y el trilingüismo a lo largo y lo ancho de pisos ecológicos complementarios. Los viajes verticales y regionales continuaron trastornando la narrativa de lo indio y lo no indio impuesta por la Colonia. Hoy en día las migraciones del altiplano a las tierras bajas siguen constituyendo el mejor caldo de cultivo de leyendas y narraciones que desbordan los límites de la imaginación. La literatura boliviana no puede ser homogénea ni compartir lugares comunes. Su principal característica es precisamente la de ser una narrativa de espacios ambiguos, identidades fronterizas y lenguas mestizas. Se compone necesariamente de un mosaico de contranarrativas que rescatan voces de culturas subalternas y argumentos marginales.
Dos párrafos antes, el libro enfrentaba el inconveniente de las transcripciones y las oralidades. Y se mencionaba, un poco al pasar, al “pasado sorpresivo”. Su misma denominación es bellísima. “Pasado sorpresivo”. Es una expresión ―cocinada y empleada por el lingüista peruano Rodolfo Marcial Cerrón Palomino, especializado en lenguas andinas, principalmente quechua, aimara, mochica y chipaya― que puede relacionarse con el pluscuamperfecto del castellano, un “súbito descubrimiento”, y que en quechua y en aymara se vincula con el tiempo mítico y narrativo, con acciones sin participación del sujeto, “propio de las leyendas ―escribió Cerrón Palomino―, cuando se trata de una tercera persona, de las acciones oníricas, de aquellas ejecutadas inconscientemente, o de los actos de la primera infancia, recordados luego por el hablante como si éste desdoblara su personalidad”.

El pasado sorpresivo tiene un específico significado en las lenguas andinas: “Él había venido” significa “No sabía que iba a venir, y vino”.

Dos párrafos antes, en La hoyada y los perros:

No se trata únicamente de la sintaxis invertida y entrecortada que produce giros inverosímiles, sino también del vocabulario que conserva términos en desuso en otras latitudes, la importancia de las omisiones y los silencios, o el empleo subjetivo de los tiempos verbales. Las gentes del altiplano conjugan su discurso en función de la relación que proyectan con el hecho relatado, incluyendo, tiempos propios como el remoto cercano, el inferencial o el “pasado sorpresivo”… Confieso que he pasado años anotando en libretas retazos de conversaciones perdidas en la calle o en las flotas. Como espía del lenguaje. Pero fue leyendo el cuento de un amigo cuando comprendí que era posible traducir la pura oralidad andina al lenguaje escrito, recoger en el papel toda la fuerza e idiosincrasia de las voces que hablan. En este punto, el viaje intercultural adquiere los contornos de un viaje lingüístico, a través de un castellano que va perdiendo su carácter sobrio y elocuente para enriquecerse con la cosmovisión andina.

Las primeras páginas de ambos libros recorren el camino de ida y vuelta. Mientras que en un caso se trasluce la sospecha de que toda transcripción lingüística, y por ende cultural, apenas es posible, en el segundo caso se recorre el camino inverso: la transcripción cultural prueba la posibilidad de la transcripción lingüística.

La posibilidad había existido. Que en pasado sorpresivo quiere decir: no sabía que iba a existir, y existió.

(+) Marcelo Pisarro, "Pasado sorpresivo: como espías del lenguaje", vía Nerds All Star.

Empanadas de paso en La Quiaca


Son las pequeñas cosas, creo yo. Me gusta caminar hasta el mercado, aquí en La Quiaca, la polvorienta y arrinconada ciudad del extremo norte argentino que sirve de paso fronterizo con Bolivia. Me gusta husmear en los puestos de frutos y verduras, me gusta pedir agua mineral.

—Agua mineral, por favor —decís.

—¿Fresca o al tiempo? —te preguntan.

Esa expresión, “al tiempo”, se oye bellísima. También la repiten del otro lado del límite, en la más activa y movediza ciudad de Villazón, sólo que debe trocarse una palabra si uno pretende pasar por enterado.

—Agua Vital, por favor —decís.

—¿Fresca o al tiempo? —te preguntan.

Al frente de la iglesia hay un kiosquito, pequeño, poco surtido, pueblerino. Nada trascendente, nada que destacar, excepto en los días domingos, cuando la señora saca el letrero a la puerta: “Hay empanadas”. Entonces el kiosquito entra en estado de ebullición, o lo que podrías considerar “estado de ebullición” aquí en La Quiaca. Se detienen montones de autos, algunos se arriman en bicicletas, muchos más llegan a pie. Las empanadas —picantes, sabrosas, bien condimentadas, culturalmente reescritas— salen por docenas y docenas. La señora asegura que la clave del éxito está en las aceitunas. Son importantes el pollo, las papas, la cebolla, la cebolla de verdeo y todo lo demás, pero la diferencia está marcada por las aceitunas.

Años atrás, explica la señora, cuando el precio de las aceitunas aumentó de manera desfachatada, en muchos otros comercios gastronómicos dejaron de incluirlas entre los ingredientes. Ella probó sin aceitunas, como probaron todos los demás. No era lo mismo. Aunque el precio de costo se vaya por las nubes, razonó la señora, en esta parte del mundo las empanadas llevan aceitunas. Los clientes reconocieron el gesto. Y lo siguen reconociendo.

Paso por La Quiaca al menos dos o tres veces al año, nunca permanezco más de dos o tres noches. La palabra “paso” es premeditada. Paso y todos pasan. Pasan las personas y pasan las mercancías; incluso uno de los oficios más propios de la zona adquiere así su dictado, “paseras”. Por eso, en esta parte del mundo donde el agua está fresca o al tiempo, donde las personas y las cosas pasan, que las empanadas sigan teniendo aceitunas es una de esas pequeñas batallas que se libran en la clandestinidad de los actos cotidianos. Esas pequeñas batallas de las que a veces se sale victorioso.

Son las pequeñas cosas, creo yo.

(+) Marcelo Pisarro, "Empanadas de paso en La Quiaca", vía Nerds All Star.

Cultura coya

coya o colla f. Reina, en el imperio incaico. Hermana mayor y esposa legítima del Inca. Los hijos de la coya eran los herederos legítimos del trono, aunque el monarca tenía el privilegio de cohabitar además con muchas ñustas y mamacunas.


Enciclopedia Clarín, Plaza & Janés, 1999.

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